Para el 2015, en todo el mundo, habrá 84 millones de personas muertas por cáncer según la Organización Mundial de la Salud (OMS) ¡Qué triste sería que diagnostiquen a un familiar nuestro con cáncer avanzado! Nuestro mundo se nos viene encima, y ni que decir el de ellos. Recuerdos vienen y recuerdos van. A mí me pasa que no sé ni que decirle a esa persona la cual amo. ¿Cómo estás?, no, porque definitivamente no está bien, y no solo me lo dicen sus ojos afligidos, o su tenue voz, me lo expresa su cuerpo que yace en una cama especial tan solo esperando que sea su hora.
Tal vez darle algunas palabras de aliento será lo mejor que puede hacer uno, claro si se es capaz de encontrar fuerza en una situación así. También sería bueno pedirle perdón por todo aquello en lo que fallamos, ya sea como nietos, hijos, esposos, incluso padres.
No obstante, ya con lo que les queda de su destruida existencia, siguen etapas que son todavía peores. La última fase, la agonía antes de morir que puede durar incluso hasta semanas.
No puedo evitar pensar en el dolor que pueden sufrir nuestros seres queridos por día; observar a una persona mayor llorando de sufrimiento, e incluso retorcerse en su cama pidiendo ayuda, deseando muchas veces que se termine su agonía lo más pronto posible. Pero que por una estúpida concepción de las personas más bien se la alargan.
Es intolerable que los pacientes con enfermedades incurables y en fase terminal deban sufrir un dolor prolijo, tan solo porque a algunos se les ocurrió decir que la eutanasia en los seres humanos es un pecado, o que la eutanasia viola el derecho a la vida. En una corriente ius naturalista cabe decir que es derecho fundamental del hombre el no sufrir y menos innecesariamente, aunque éste no esté tipificado.
Muchos alegan que no se debe jugar a ser Dios quitándose la vida a sí mismos; se sabe que biológicamente el ser humano podría morir de una gripe o de una indigestión, o de una picadura de algún animal venenoso, o con alguna bacteria. Pero si lo vemos desde esa perspectiva se han elaborado medicamentos para alargar la vida y me parece que sería lo mismo que jugar a ser Dios.
Un estudio de la Universidad de Londres y publicado en la revista Journal of Medical Ethics reveló que la fe religiosa de un médico ejerce una fuerte influencia en las decisiones de sus pacientes terminales; además de que es muy poco probable que los médicos religiosos discutan con los enfermos avanzados las opciones paliativas que tienen. Esto resulta indignante, un medico cegado por su fe influyendo en una decisión que le pesará a la víctima hasta el final de sus horribles y dolorosos días.
Parece que no entienden que se trata de quitarle un dolor innecesario a un ser amado. Si bien es cierto se quita una vida, pero, por obvias razones, nada tiene que ver esto con el aborto o con la pena de muerte. Se trata de que el mismo paciente diga que no quiere sufrir más.
Pero, peor aún, las falaces creencias espirituales o religiosas vienen a censurar una de las principales diferencias que tenemos con los demás animales, la capacidad de razonar. Incluso, en Costa Rica el Código Penal, en su artículo 116, dice: Homicidio por piedad. Se impondrá prisión de seis meses a tres años al que, movido por un sentimiento de piedad, matare a un enfermo grave o incurable, ante el pedido serio e insistente de éste aún cuando medie vínculo de parentesco.
O sea, queda demostrado que se conoce que es piedad lo que se tiene de ellos, uno de los sentimientos mas nobles de un ser humano; preguntémonos ¿cómo sería el mundo si todos los seres humanos que habitamos la Tierra fuéramos piadosos? Pero en vez de intensificar una actitud como ésta más bien se castiga al individuo que intenta terminar con el incesable dolor que sufre su ser amado. Entonces es obvio que se le envía un mensaje a las personas para que no sean misericordiosas y que solo observen a su ser querido agonizar y retorcerse en su propio dolor mientras muere.
Según la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (SECPAL) en su guía de cuidados paliativos recomienda que a veces hay que sopesar el alivio que se le puede dar a una persona con sus efectos colaterales; explican, además, que a veces es mejor conformarse con aplacar el 80 ó 90% del dolor. De manera que en algunos casos la persona no estará totalmente drogada y podrá sentir, durante algunas semanas, 20 o 10% del peor de los dolores.
Algunas personas inescrupulosas se preguntarán si es necesario o imperante realizarle reformas al Código Penal o a la misma Constitución Política tan solo por 3 167 habitantes que murieron, en 2002, a causa de cáncer; sería decir que cada tres horas murió una persona. De ese total el 61% fueron, seguramente, abuelos o padres adultos mayores.
Pero el caso no es lo que digan las cifras, pues éstas no son más que números, el asunto es que aunque sea solo una persona tiene derecho a morir con dignidad, sosiego, y sin dolor alguno. Pensemos en cada una de esas 3 167 personas muertas por cáncer, si el 61% fueron adultos mayores quiere decir que el 49% restante pudieron ser niños, adolescentes, jóvenes y adultos. ¿Acaso no es un acto de nobleza liberar de un dolor exasperante a un niño indefenso? O es que ¿preferimos verlo sin nada que hacer mientras él se revuelca de dolor en su cama?
La asociación The British Social Attitude (BSA) publicó, este año, que en el Reino Unido, del 2007 al 2010, hubo un aumento del 2% de las personas que estaban de acuerdo con que los doctores terminaran con la vida, si se le puede llamar así, de las personas con enfermedades dolorosas e incurables, siempre y cuando el enfermo estuviera de acuerdo. Para 2010, el 82% de los británicos creía que la eutanasia es una buena práctica.
Cuando nuestro hermoso himno habla sobre aquellos hijos de la patria, labriegos y sencillos, que tanto prestigio estima y honor nos trajeron y nos traen, también nos está hablando de nuestros abuelos, padres y demás personas que veneramos. Entonces, ¿acaso no sería una falta de respeto arrebatarles su derecho a una muerte digna y tranquila? Solo por creencias obsoletas y perniciosas.
Padres y madres que lucharon por sacar a sus hijos y al país adelante, y que por eso se merecen toda nuestra admiración, sufren sin motivo alguno. Qué mejor sería que demostrarle nuestro respeto en sus últimos suspiros de vida ayudándoles a morir en paz y sin dolor. Nos quedaría una imagen a todos de lo fuertes que fueron esas personas y no un triste recuerdo de lo malagradecidas que somos las nuevas generaciones.
